El lunes 25 de abril, después de una Semana Santa pasada por agua, los estudiantes de la Universidad de La Sabana retomábamos las clases, después de las múltiples declaraciones por parte de las directivas que confirmaban que las condiciones eran apropiadas para volver a clases.
A las 6:30 de la mañana, yo hacía parte del grupo de estudiantes perjudicados por el trancón para ingresar al campus, y a las 7 de la mañana tuve la oportunidad de ver cómo el agua del río se filtraba por una de las paredes. Todavía nada era lo suficientemente alarmante.
Los salones estaban vacíos, y ni siquiera los profesores alcanzaron a llegar a tiempo. A las ocho de la mañana, hora en que comenzaba mi clase de Comunicación para el desarrollo, solo estábamos dos estudiantes y la profesora. El ambiente de la universidad era totalmente distinto al de un lunes normal. Algo distinto podía sentirse en el ambiente. Media hora más tarde, corrió el rumor de que se iban a suspender las clases. Quienes estábamos en el campus éramos conscientes de lo que esto implicaba: sin duda había cierta anormalidad; y es que en los cinco semestres que llevo estudiando en La Sabana, esta era la primera vez que se emitía un comunicado de tal magnitud.
Las autoridades actuaron con prontitud, los vigilantes recorrían salón por salón y solicitaban una evacuación inmediata. Por mi cabeza llegó a pasar el imaginario de unos pequeños charcos que serían atendidos por las motobombas, como solía suceder. Presenciamos el agite de todos los empleados que contribuían porque las edificaciones no se vieran afectadas, vimos a una de las personas más queridas de la Facultad de Comunicación con las botas puestas y con su cámara en mano registrando la estela que dejaba el río, cada vez más cerca de salones, centros de informática, biblioteca, restaurantes.
Confieso que no cumplí la orden y me quedé media hora más en lo que llamamos nuestro segundo hogar. Después de hablar y ver cómo trataban de proteger en los pisos superiores del edificio K todos los bienes materiales posibles, decidimos salir y encontramos a Andrés Contento, periodista egresado de la Sabana, entrevistando a nuestro rector Obdulio Velásquez, quien con responsabilidad informaba que las clases serían suspendidas hasta el miércoles. Después de intercambiar un par de palabras con ellos, vimos cómo el rector, con una calma plausible, solicitaba que desalojáramos la universidad lo más pronto posible.
Como bien saben, la carretera, en la que 5 carriles se embotellaban en uno, http://www.blogger.com/img/blank.gifcolapsaba por la cantidad de tráfico vehicular. Se debe destacar el buen manejo que le dio la Policía. En una de las paradas asignadas por la autoridad, las cinco personas que íbamos en el carro vimos cómo las instalaciones que habíamos abandonado 30 minutos antes se estaban llenando de agua. Es una imagen que no he logrado sacar de mi cabeza en todo el día. Ver cómo nuestros parqueaderos estaban siendo poseídos por el caudal del rio, y cómo nuestro nuevo edificio del que estamos completamente orgullosos estaba rodeado del vital liquido, de igual manera se encontraban los alrededores del edificio G, y E, ante esta nefasta imagen las lagrimas rodaron por mis mejillas y fue en ese preciso instante en el que sentí lo mismo que sienten todos los damnificados de esta ola invernal desde noviembre del año pasado, cuando las lluvias se apoderaron de nuestro territorio.
En ese momento empezaron a crearse comentarios inapropiados por parte de personas que tal vez no conocían la magnitud de los hechos. En twitter comenzó a gestarse el tag #SabanaSolidaria y con la misma fuerza que el rio se nos metió, los estudiantes, profesores y gente del común lamentó los hechos.
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A las 12 del día, Citynoticias abrió su emisión con la noticia. Nuestra Sabana estaba en problemas. A esto se sumó la noticia de El Espectador y media hora más tarde, el resto del país se enteraba de lo que estaba sucediendo.
Después de esto comenzaron a surgir comentarios desagradables en los que criticaban a la institución educativa y se alegraban por lo sucedido en las horas de la mañana.
La tarde de hoy lunes no fue la más feliz para la comunidad, todos reflejábamos la tristeza que generaba esta inundación.
Sin embargo, esto no será un impedimento para que todos aportemos nuestro granito de arena, y en el momento en que autoricen el ingreso a la Sabana iremos a ayudar, a recuperar lo que es nuestro, y a devolver a nuestro segundo hogar todo lo que ellos han hecho por nosotros Me siento orgullosa de ser Sabana y haré todo lo posible para que logremos sacar adelante a nuestra facultad y a nuestra universidad.
Gracias a todos aquellos que nos apoyan y desean bendiciones, a todos los que están trabajando porque Unisabana vuelva a ser ese lugar cálido, donde no somos números sino personas.
Hola Catalina, como bloguera, sabanera y periodista, te quiero felicitar por esta sentida crónica. Me conmovió mucho tu narración de los hechos, aunque no me sorprende pues no espero menos de una periodista con una formación de calidad como la de La Sabana.
ResponderEliminarTe invito a busques un mecanismo para que este texto trascienda el ciber-espacio, considera la opción del periódico de nuestra facultad, EnDirecto. Para ello, te invito a que le escribas a Víctor García, director del Seminario de Prensa de sexto semestre, para ver si existe una posibilidad que aparezca en la próxima edición. Su correo es victorgarcia2@unisabana.edu.co.
Te felicito nuevamente, y mucho ánimo que de ésta salimos entre todos. Saludo fraterno.