Reconstrucción de una noche de terror
La noche del viernes
11 de noviembre de 1988 en Segovia, Antioquia, sólo se oyeron balas. 46
personas perdieron sus vidas en la venganza paramilitar por el triunfo político
de la Unión Patriótica. Las víctimas, 23 años después, aún no entienden
por qué en esa oscura velada no estaba la fuerza pública para defenderlos.
Por: Luis Miguel Bravo, Andrés Mojica, Carlo Sarmiento y Catalina González
En los años ochenta,
Colombia fue víctima del terror generado por las masacres perpetradas por los
paramilitares. Según el Grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de
Reparación y Reconciliación, entre 1982 y 2007 se registraron en el país 2.505
masacres que dejaron 14.660 víctimas.
Para entender estos
episodios de violencia hay que saber que los grupos paramilitares estuvieron
antecedidos por el MAS: el grupo Muerte a Secuestradores, conformado en
1981.
En 1982, la
Procuraduría General de la Nación presentó un informe en el que establecía que
el incremento de la violencia era causado por los grupos paramilitares con el
apoyo del Ejército y la Policía.
Antioquia fue una de
las regiones más afectadas. En marzo de 1988 fue asesinado en Medellín el
Alcalde del municipio de Remedios. Posteriormente, circuló un panfleto que
decía: “Como lo habíamos anunciado en
anteriores mensajes, hoy damos un parte de victoria con nuestra tarea de
limpieza, la cual hemos iniciado con Elkin de Jesús Martínez, alcalde electo de
la UP para Remedios. Sus vínculos con las Farc y demás grupos guerrilleros que
han mantenido en zozobra al pueblo del nordeste antioqueño, han provocado de
nuestro movimiento un accionar concreto y decidido en aras de poner fin a los
planes expansionistas del comunismo encabezado por las Farc- UP en esta rica y
próspera región del país”, afirmaba este mensaje firmado por el grupo
Muerte a Revolucionarios del Nordeste.
Segovia y la llegada de la UP
Segovia está ubicado
al Noreste de Antioquia, a 200 km de Medellín. La minería es su principal
actividad económica, y en la década de los ochenta era la región del país en la que más se producía oro. Sin
embargo, este municipio ha tenido que enfrentar la violencia desde distintos
sectores.
En los años ochenta, el comandante de la policía extorsionaba a
las prostitutas del pueblo y Rita Tobón, la primera personera comunista de la
zona, comenzó a trabajar para que sus derechos no se vieran vulnerados.
Fue allí donde nació el primer sindicato de prostitutas del país, y donde se
logró que tuvieran acceso al servicio de salud, razón por la cual en 1984 Tobón
recibe las primeras amenazas en Segovia.
Ese mismo año nace la
Unión Patriótica en los procesos de paz del gobierno de Belisario Betancur con
las Farc, en la Uribe, Meta. Así aparece un movimiento político que tenía
la intención de ser una opción distinta a los partidos tradicionales.
Y se acuerda: el cese al fuego, una tregua y la consolidación de la
paz mediante negociación política.
Inmediatamente fueron
tildados de ser el brazo político de las Farc y comenzaron los asesinatos. El
exterminio a la UP empezó cuando ésta apenas acababa de ver la luz.
1988: el triunfo de la UP
En 1986 se realizaron
las elecciones a la presidencia de la República y el candidato de la Unión
Patriótica era Jaime Pardo Leal, que consiguió el 4,54 por ciento de los votos.
Dos años después, el partido logró ganar las alcaldías de Apartadó,
Mutatá, Remedios, Segovia y Yondó.
En Segovia, Rita
Tobón fue elegida con 1.223 votos frente a 875 de Yesid Cano, el candidato de
César Pérez por el partido Convergencia Liberal, un brazo de izquierda del
partido Liberal al que abandonó después de haber ganado las elecciones al
Congreso.
El triunfo de Tobón
no fue bien recibido por los políticos de la zona. Esto afirmó la entonces
militante de la UP a la revista Kien & Ke: “Los partidos tradicionales
sintieron temor, porque en las zonas suburbanas y rurales muchos campesinos
votaron por los candidatos de la Unión Patriótica. Este riesgo para esos
partidos se consolida en la primera elección de alcaldes en marzo de 1988 […].
Durante la campaña hubo atentados contra mi vida. Justo después de las
elecciones donde fui electa, las amenazas se vuelven atroces. Me dan 72 horas
para abandonar el país, sino me asesinan. Me dan 48 horas y el temor y la
zozobra eran constantes […]. Desde el primer día viví hostigamientos del
Ejército, la Policía, el MRN (Muerte a Revolucionarios del Nordeste), que se
hacían llamar realistas, que decían que debían recuperar a sangre y fuego el
nordeste de Antioquia”.
Para ese entonces,
Segovia era tildado como un pueblo de comunistas y guerrilleros. El sitio
comenzó a llenarse de panfletos amenazantes firmados por el grupo ‘Muerte a
Revolucionarios del Nordeste’. La Revista Semana en su edición 341 de
noviembre de 1988 afirma que este grupo era dirigido por Fidel Castaño, a quien
reseñan como un “furibundo anticomunista, su padre había muerto, al parecer
de un ataque cardíaco, cuando permanecía secuestrado por un frente de las FARC
y después de que Castaño hubiera pagado diez millones de pesos por su rescate.
A raíz de esa tragedia familiar, organizó uno de los primeros grupos
paramilitares de que se tenga recuerdo. Reclutó a algunos de los trabajadores
de su hacienda para entrenarlos en la lucha contraguerrillera. El grupo cobró
fama porque operativo que emprendía, operativo que lograba su objetivo:
liberaba secuestrados sin necesidad de pagar rescates, "limpiaba" de
extorsionistas veredas enteras y ofrecía servicios de seguridad a quien
estuviera dispuesto a contribuir a su causa con una suma de dinero”.
Por otro lado, la
periodista Juanita León en la crónica ‘Las traiciones de Segovia’, publicada en
la revista Malpensante, sostiene que “para la época, Fidel Castaño era dueño
de tierras, bares, billares, gallos de pelea y prostíbulos en el pueblo y hacía
sus pinitos como narcotraficante”.
Los dos medios
coinciden en que Castaño tenía gran cercanía con el narcotraficante Gonzalo
Rodríguez Gacha, también conocido como ‘El Mexicano’, quien hacía parte del
MAS.
Muerte a
revolucionarios del nordeste (MAR) fue uno de los tantos grupos paramilitares
que nacieron en la década de los 80 en Antioquia. Este departamento colombiano,
según la comisión interamericana de derechos humanos, fue el que más grupos
paramilitares tuvo en la historia del país con un total de 18.
El MAR o los
“realistas” como también eran llamados, nacieron de la mano de Fidel Castaño,
que para esa época, era el amo y señor de Segovia. Este municipio se convirtió
en el centro de operaciones del grupo paramilitar que encontraba en la
izquierda naciente de la época a uno de sus principales enemigos.
El día que cambió Segovia
Francisco William
sabía que eso iba a pasar. O por lo menos eso dice su papá. Según él, no existe
otra razón para que ocho días antes de lo sucedido, su hijo de 10 años –una de
las 46 víctimas de la masacre- dibujara en su cuaderno a esos tres carros con
hombres armados disparando en las calles del pueblo.
El 11 de noviembre,
según cuentan los testigos, amaneció lúgubre. El clima parecía querer reflejar
el ambiente enrarecido que se notaba en el pueblo desde que días antes habían
comenzado a circular los volantes amenazando a los miembros de la UP. Sin
embargo, el día transcurrió con tranquilidad, y al caer la tarde los habitantes
de Segovia comenzaron a llenar la plaza y las calles, como cualquier tarde de
viernes previa a un fin de semana con lunes festivo.
Algunos dicen que fue
a las siete en punto. Otros, como Jesús Virgilio, padre de Francisco William,
aseguran que fue a las seis y cuarenta. Lo cierto del caso es que cuando la
noche llegó a Segovia, llegaron también los paramilitares.
“El número de la
matrícula era 5084. Todo me pareció muy raro. En esos días había mucha alarma
en el pueblo, porque había mucha amenaza, se hablaba de una masacre y uno
andaba como pendiente. El carro subió y luego reversó, vuelven y pasan, iban en
contravía, se acercan, me miran y siguen. Iban con ponchos. Lo que me
llamó la atención es que el carro tenía un sonido muy raro, era
como si estuviera muy pesado, era un jeep blanco con crema, y dentro del
carro iban en la parte de atrás cuatro hombres, no estaban sentados sino
acuclillados. Dentro del carro habían cosas tapadas con ponchos. Más
adelante paran en el bar Johny Kay. Todos se bajaron del carro al mismo
tiempo, uno de los que iba atrás, se tiró del carro con un arma muy
grande, no sé cómo se llama ese aparato, pero son de esas que se
paran en patas; el tipo se cayó con el aparato, los otros lo
ayudaron a pararse, y al primero que matan es al primo de un chancero
que estaba ahí”, afirmaría 20 años después a la Corporación para la defensa y
promoción de los Derechos Humanos uno de los testigos del hecho.
Los que estuvieron
allí cuentan que la masacre comenzó en el parque principal. Eran más o menos 30
hombres armados que llegaron en tres camperos –tal como lo había dibujado
Francisco-. Los paramilitares comenzaron a lanzar granadas, y cuando la gente
empezó a correr, les dispararon por la espalda. Un contingente se quedó en el
parque. Los otros dos se dirigieron a las calles la Madre y la Reina. Cada uno
de ellos iba con una consigna clara: uno, dispararle a todo lo que se moviera.
Otro, buscar a los simpatizantes de la UP en sus casas y acabar con ellos.
El horror se prolongó
durante hora y media. Hombres, mujeres y niños –como Francisco William-
perdieron sus vidas. Los desprevenidos que salieron a ver qué pasaba, los
familiares que salieron a defender a los suyos. Para nadie hubo piedad. Una vez
más la realidad superaba a la ficción.
Lo que mucha gente
puede preguntarse, y que también se cuestionaron los sobrevivientes de la
masacre hace 23 años, es dónde estaba la fuerza pública durante esos 90 minutos
de barbarie. Según las versiones de los testigos, ni un solo policía, ni un
solo militar hizo presencia en Segovia para tratar de detener a los hombres que
dispararon contra el pueblo sin ninguna contemplación. Tuvieron que pasar dos
horas desde el cese de los disparos para que aparecieran los primeros policías
en la plaza del pueblo. Pero no llegaron precisamente para traer tranquilidad.
“Todos vimos el
atropello de la policía con la población, decían que corriéramos y que no
miráramos para determinadas partes, la gente corría como para llegar a sus
casas y ellos las devolvían, a las personas que fueron a entregar
el chance los hicieron entrar a la carrera con las manos en alto.
La policía estaba en el comando, no se vio nada, solamente vimos a los policías
que estaban ahí afuerita en el parque devolviendo a la gente”, fue lo
afirmado a la Corporación para la defensa y promoción de los Derechos Humanos
por uno de los habitantes de la población.
Al parecer, esta
actitud de la fuerza pública no era casualidad. Como tampoco parece serlo que
el bloque paramilitar pasara por la Base Militar de Bomboná, en el camino de la
única salida del pueblo, y no encontrará oposición alguna para continuar su
escape. Atrás quedaban una centena de segovianos muertos o heridos. Pero la
Fuerza Pública parecía no haberse enterado. A este respecto, el dictamen del
informe de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación no deja de
producir escalofrío: “Miembros activos del Batallón de Infantería N° 42
“Batalla de Bomboná” y del XII Distrito de Policía de Segovia llevaron a
cabo varias de las acciones terroristas previas a la masacre y participaron
de su planeación. Además, omitieron su deber de proteger a la población
durante la realización de los ataques”.
Rita Tobón afirmó
para Kien & ke que: “Ese día necesitaba ir a unas instalaciones del
municipio que se encontraban media cuadra más abajo y quería hacerlo
personalmente. Eran las 8:00 a. m. del 11 de noviembre de 1988. Me extrañó que
no hubiera presencia de los militares. Pregunté que si había militares y nadie
los vio. Me sobrecogí. Era parte del modus operandi de cada masacre de
la gente de la Unión Patriótica. Pasé por un lado del comando de Policía y
quedé petrificada: estaban sentados los policías en pantalón, despeinados,
desarreglados, con botellas de aguardiente a esa hora. Eso lo vio toda la
gente”.
Esa noche fue la más
silente en la historia de Segovia. Pero esta vez no fue por el sueño de sus
habitantes. Fue por el luto que cubrió a la población y el dolor de saber que
nadie había hecho nada por evitarlo.
Las horas posteriores a la masacre
Terminada la
matanza ordenada por Fidel Castaño, uno de los fundadores de los grupos
paramilitares, junto a sus hermanos Carlos y Vicente, la tristeza se apoderó
del pueblo con una mezcla macabra entre terror y tristeza. Los familiares
buscando a sus seres queridos, esposos buscando a sus esposas y a sus hijos. La
angustia y la desesperación hacían mella en ellos.
“Cuando las balas y las granadas cesaron, una vez que los carros
pasaron, le dije a Luis Carlos, mi escolta, que bajáramos. Yo estaba descalza.
Entré al palacio municipal. Me puse un pantalón y unos botines y salimos a
enfrentarnos con la realidad. No tengo palabras por lo que vimos y vivimos.
Muchas personas fueron asesinadas. Habían niños y mujeres muertos en uno de los
andenes del palacio municipal. En el Bar Johnny Key estaba la gente que habían
levantado a granadas. Otros quedaron vivos, pero los fueron rematando en las
rejas. Habían muertos con disparos en la frente. Un río de sangre corría por
Segovia.” comentó Rita Tobón
a la Revista Kien & Ke, quien describe de esta forma los momentos
posteriores a la masacre ocurrida el 11 de noviembre de 1988.
Los hospitales
públicos y los centros de salud colapsaron por la cantidad de personas, muertas
o heridas, que llegaron a ser atendidos. Las personas que no podían ser vistas
en el Hospital de Segovia tenían que ser trasladadas a municipios vecinos como
Remedios, Zaragoza o Amalfi.
Por su parte las
personas que sobrevivieron a la masacre fueron desplazadas por los
paramilitares, que luchaban por el control del oro que se estaba explotando en
ese momento. Los paramilitares no querían que nada ni nadie se interpusiera en
su camino.
“La Alcaldía nos
colaboró con los entierros y no más. Muchos de los sobrevivientes nos
desplazamos a las pocas horas de enterrar a nuestros muertos. Los que se
quedaron, prefieren no hablar del tema”, manifestó Luz Marina Cárdenas Restrepo
a la Agencia de Prensa IPC.
Los días pasaron y
aún no se había determinado el autor material e intelectual de la masacre
perpetuada en Segovia. Serios indicios llevaron al Comandante de la XIV
Brigada, Raúl Rojas Cubillos, a inferir que los paramilitares ejecutaron este
macabro hecho: era un municipio de completo control de la Unión Patriótica y el
modus operandi de cómo se desarrollaron los hechos hicieron que las
autoridades descartaran completamente la hipótesis de que fuera la guerrilla.
La omisión del
Ejército, en este caso fue evidente. Ninguna bala se disparó para detener la
ofensiva de los paramilitares. Ningún soldado, ningún policía, expuso su vida y
se ocultaron en el comando de la policía. “Voy al comando de la policía y no
había ni una sola vainilla de una bala disparada y al día siguiente estaban los
policías tratando de hacer huequitos en la pared para demostrar que si habían
disparado contra el comando de la policía”, afirmó Rita Tobón a la Revista
Kien&Ke.
Además de esto, frente a su valiente decisión de enfrentar y aclarar lo sucedido, la ex alcaldesa estuvo dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias, exponiendo su vida, para probar los nexos existentes entre el ejército y los paramilitares. “Después de la masacre, tres cuartos de hora después (…) yo estaba allí, en la plaza, tomando fotos para demostrar que habían balas del ejército, tomé fotos a las balas, tomé fotos a las víctimas. Tomé fotografías que podían demostrar de qué lado se disparo, de las granadas que se lanzaron contra personas indefensas”, afirmó Tobón para Canal Capital
Para recordar
“Diferente a las
otras masacres, el pueblo de Segovia dijo – no más, todos vamos a denunciar- la
prueba está en las fotos, en el apoyo multitudinario, nosotros tuvimos más de
14 mil personas en un éxodo masivo de apoyo a la población de Segovia, es decirla
gente no respondió con miedo, la gente respondió con dignidad, la
gente hacía filas para ir a denunciar lo que vio, pero todos fueron asesinados”
recordó Rita Tobón para la producción de Canal Capital.
Con el paso del
tiempo se han realizado iniciativas para construir memoria.
Esa misma noche Rafael Steven Londoño, un niño de 13 años,
redactó un poema: “Mi pueblo está de luto (...) son las 8 de la noche y está
lloviendo en mi pueblo, el hospital está lleno, lo estarán los cementerios”.
Doce meses después,
se recordó a las víctimas en la conmemoración “11 de noviembre: homenaje a la
vida”.
Para 1995 se crearon
los muros del pasado en los que se mostraba una valla «alusiva a la paz,
al derecho a la justicia, a la no impunidad». Ésta fue ubicada en cercanías del
Batallón de Bomboná con el fin de hacerle un reclamo a la fuerza pública.
Otro ejemplo es el
del cantautor Juanes quien compuso la canción “Segovia” en la que relata
lo sucedido aquella noche: “Es una canción por aquellos que murieron allá, en
Segovia y por todas las familias que fueron víctimas en Segovia. No van a
desaparecer, nunca jamás de la memoria, no van a desaparecer, aunque los
quieran desaparecer”.
Así mismo, en
noviembre de 2011 la Mesa de Derechos Humanos del Valle de Aburrá
presentó la iniciativa comunitaria Túnel de la Memoria en donde se muestra la
recopilación de las noticias del momento, al igual que fotos y objetos que
quedaron después de la masacre. Carolina Ramírez, miembro del Colectivo Memoria
Viva sostiene: “este proceso se ha convertido en una pequeña reparación
simbólica para las víctimas de este magnicidio”.
Sin embargo esto no
ha sido suficiente. Para Rita Tobón la ausencia de justicia era muy grande y
hasta ahora ve un camino para lograr aclarar la verdad. Y es que hay que
tener presente que el jefe paramilitar Carlos Castaño, en una entrevista
concedida a Human Right Watch, justificó sus actividades bajo la premisa: “Los
guerrilleros pueden actuar fuera de la ley, así que la batalla es desigual, nos
dimos cuenta de que podíamos utilizar las mismas estrategias de la guerrilla y
adoptar sus métodos de combate”
Después de dos décadas: el proceso comienza
Han pasado casi 24
años de la masacre en donde 46 personas fueron asesinadas y más de medio
centenar heridas. Si bien es cierto que la justicia no ha actuado con
celeridad, se han producido decisiones de fondo para condenar a los
responsables de la matanza. Después de que la responsabilidad de César Pérez
García en la masacre de Segovia no fuera probada de manera contundente,
en el año 2010 la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia
decidió abordar el caso de manera preferente y unilateral por ser un delito de
lesa humanidad que no prescribe en el tiempo, de acuerdo a los tratados
internacionales determinados por Colombia en el tema de los derechos humanos.
Además de esto, a través de la providencia fechada el 14 de marzo de 2011, la
misma corporación acusó formalmente al ex presidente de la Cámara de
Representantes, César Pérez García, por su presunta responsabilidad en
los hechos acaecidos el 11 de noviembre de 1988. Existe material probatorio y
evidencias de que César Pérez García fue el autor intelectual de la masacre. A
continuación, se transcribe la declaración rendida por Alonso de Jesús Baquero
Agudelo, alias “el negro Vladimir”, uno de los autores materiales de la matanza
de Segovia y quien acusa al ex - congresista:
Porque él –habla de César Pérez- nos
colaboraba a nosotros y debido a la pataleta que le dio por haber perdido las
elecciones él se reunió con HENRY PÉREZ y FIDEL CASTAÑO en Medellín, la fecha
no la sé, pero sí en los diítas (sic) posteriores a las elecciones se reunió con
ellos y fue cuando él me echó los jefes encima, entonces ya a raíz de eso se
hicieron una serie de reuniones para tratar ese tema, pues yo venía trabajando
en Segovia.
La estrategia mía era quitarle la
zona a la guerrilla allí pero sin causar tantas muertes civiles, pero debido a
lo que ya le comenté tocó cambiar de estrategia y se causó la masacre.
La defensa del ex –
congresista interpuso el recurso de reposición contra la providencia que lo
acusa de ser el autor intelectual de la masacre. Sin embargo, mediante
fallo fechado el 24 de marzo de 2011, la Sala de Casación Penal de la Corte
Suprema de Justicia decidió no reponer la decisión que acusa a César Pérez de
la masacre de Segovia. Además, el Ministerio Público, encabezado por la
Procuraduría General de la Nación, pidió condenar a César Pérez García.
Actualmente, la etapa de juicio se está adelantando después de casi 25 años de
impunidad y de que el proceso quedará completamente estancado. Pérez se
encuentra detenido en la Cárcel La Picota de Bogotá, acusado por el delito de
Homicidio Agravado en calidad de autor intelectual.
Los recuerdos
dolorosos quedan aún en la mente de todos los habitantes de Segovia. Un
municipio pujante, que se estancó con la masacre perpetuada por los
paramilitares hace 23 años. En especial, la alcaldesa de la época, Rita Tobón,
sufre el exilio en el continente europeo como una desplazada más de la
violencia. “La única manera de tornar la página es que se sancionen a los
culpables tanto intelectuales como a los materiales. Lo que yo viví… a pesar de
veinte años no tengo palabras porque yo traté por todos los medios de que no
pasara, pero a nadie le importó. Todos participaron, lo unos por acción, los
otros porque dieron la orden y los otros por omisión”, manifestó la ex Alcaldesa
a la producción de Canal Capital.
A pesar de que han
pasado 23 años y medio, la angustia en los habitantes del municipio de
Segovia sigue estando presente. Sólo el tiempo y la justicia podrán castigar a
quienes son los verdaderos responsables de este hecho. Mientras tanto,
las víctimas, quienes han hecho un esfuerzo incansable para que esta masacre no
quede impune, esperan encontrar una luz para que la verdad salga a flote.
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